El Mató a un Policía Motorizado en Paraguay: devastación sónica

Qué lindo ver crecer a una banda, qué hermoso ver cómo se ganaron su merecida reputación en un nicho de personas que se aferraron muy fuerte a unas canciones que hoy día ya dejaron de pertenecer a sus creadores, para ser algo más que no se puede explicar muy bien con palabras.

Jamás olvido la primera vez que vinieron en el Casino de Asunción en el 2011, estuvimos como máximo 60 personas presenciando, bah, flotando a través de riffs que se encontraban al límite de la sordera. Aquella vez no hubo más de cinco personas intentando tímidamente armar pogo, esa música tan estruendosa nos paralizó y dejó con un recuerdo imborrable. La segunda fue el año pasado y ya no eran la banda desconocida de la primera vez, el caos tuvo lugar en Radio Club Paraguayo y allí si el público rindió tributo como corresponde a lo que se estaba manifestando en aquel escenario de unos 20 centímetros de altura.

La tercera venida del cuarteto oriundo de La Plata en Unión Libanesa (gran hallazgo por parte de los organizadores) considero como un mero trámite para la consagración de El Mató en suelo paraguayo. El preludio estuvo marcado por agrupaciones acordes a la situación que no sufrieron de la usual indiferencia de la gente ante los teloneros, inclusive se llegaron a robar los elogios más fuertes de la noche.

La primera banda en quebrar el hielo fueron The Bacalaos que abrieron con una versión enérgica de “Another Brick in the Wall Pt. II” para luego explotar con un repertorio cargado de indie rock entre los que destacaron temas de su autoría como “Maní Ku’i” y “Cotonete”. Hasta se dieron el lujo para armar el primer gran pogo de la noche interpretando “Demolición” de la banda protopunk peruana, Los Saicos.

Esta extraña noche de domingo proseguía con EEEKS (antes conocidos como Los Rukis), el grupo que podríamos clasificar en la etiqueta de “surf rock psicodélico” pero nos estaríamos quedando un poco cortos. En “Spike” se la juegan al más sucio garage rock”, para “Slow Jam” desde su letra mencionando a Bauhaus hasta la melodía suenan a rock gótico y krautrock. Con zapadas descomunales que no se olvidan en ningún segundo de movilizar a sus oyentes, se convirtieron en una de las mejores bandas nacionales de los últimos años.

La siguiente y penúltima agrupación en subirse al escenario fueron Los Chamos del Momento que ya habían teloneado a El Mató en su primera vez por el país, esta vez con un nuevo disco, armados ahora con un puñado de nuevas y emblemáticas canciones cuyos coros (“Edgar” y “Coñales”) fueron gritados por los presentes. De esas bandas que ofrecen un cuelgue muy profundo. Nota: así como aquella vez en el 2011, tampoco tocaron “Richard Sánchez”, su… ¿parodia? de “Personal Jesus” de Depeche Mode.

Pues bien, el evento estelar de la noche subía pasada las 11 de la noche, Santi Motorizado y sus amigos activaban “El Magnetismo” y de inmediato la gente caminó inconsciente a pegarse por el escenario, ya para los minutos finales del reiterativo “Nuevos Discos Nuevas Drogas”, el éxtasis colectivo aparentaba haber llegado a su pico más alto con un pogo masivo entre decenas de cuerpos sudados. Me equivoqué un poco.

Esa euforia del público llegaba al punto de haber incontables stagedivings por cada tema, tiene mucho que ver con el acertado setlist centrado en La Dinastía Scorpio, su último trabajo que ya lleva dos años de haberse editado, tiempo suficiente para el estudio de cada una de sus canciones. De letras sencillas pero contagiantes hasta más no poder, acompañados por el noise punk más demencial de la galaxia.

La noche se resumía a Santi tocando su bajo mientras simulaba que este era una metralleta y nos disparaba a todos nosotros, su música estaba teniendo ese mismo efecto, cada tema nos disparaba en donde más sentimos. Ese don de resumir observaciones de la vida en pocos renglones es algo que por lo general utilizan a favor los buenos publicistas, demos gracias al señor que el gordo prefirió armarse su banda de shoegaze entre amigos y hacer icónicos himnos de nuestra generación como «Chica de Oro» y «Mi Próximo Movimiento».

En los sónicos crescendos de «El Fuego que Hemos Construido» y «Prenderte Fuego», esta banda deja de lado todas las influencias por las que normalmente se los relaciona y se convierten en un mecanismo de post-rock guiado por los sostenidos que se mandaba Chatrán Chatrán en el teclado, es increíble como en esos par de minutos envueltos en ruido blanco, uno pierde la noción del tiempo y el espacio, suena tan poético y burdo pero no termino alejándome de la realidad.

Las humanidades seguían brincando y nadando en la laguna de personas que se atestaron frente al escenario, la conexión artista-público fue muy fuerte, la piscina de cuerpos era irresistible de tirarse, el guitarrista Pantro Puto no soportó la tentación y se zambulló al final de «Amigo Piedra», ni siquiera yo pude contenerme las ganas y salté antes de que acabe la «Chica Rutera» con un coro que no estaba precisamente dedicado a una chica sino a los cinco muchachos ubicados arriba del escenario.

Y como ya es costumbre al termino de cada presentación de El Mató, uno sabe que vivió una única e irrepetible experiencia espacial introspectiva, pero por sobre todo, ensordecedora. Si bebiste demasiado como para no acordarte de lo ocurrido, el zumbido similar al del canturreo de pajaritos que se te queda toda la mañana siguiente en el oído es un recordatorio perfecto.

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Sobre Vidal D. 68 Artículos
Creador de Un blog... de onda, también escribe para la revista LaFactory y conduce CHA por la Rock&Pop.

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